Publicado en Relato

Ni Peter ni Pan

Érase una vez, en un país muy muy cercano, que vivía un Peter Pan sin superpoderes, sin nunca jamás y sin faldita de flecos. Sólo unos cuantos vaqueros, un pisito alquilado en el centro y un abono mensual del metro de Madrid. Ni si quiera se llama Peter, pero eso no es importante para está historia. La única semejanza con el señor Pan eran sus pocas ganas de hacerse mayor. Que sí, que la edad adulta le había llevado a un trabajo de 8 horas bien remunerado, pero sólo por ser socialmente aceptado. Por el resto, nunca dejó las sudaderas con capuchas y botellones en el parque como a los 15. Pachanga los domingos, el grupo de la quiniela y demás vestigios de lo de siempre. Pero él, que nos da igual su nombre, no tenia ninguna intención de hacer cosas de mayores como pensar en un plan de pensiones, o comprar una casa con una hipoteca a 40 años porque, ¿quien puede pensarlo con 35 y toda la vida p delante ? como para comprometerse, aunque sea con un banco. Porque nuestro protagonista no creía en ningún plan que suponga un largo en el plazo. Ni siquiera quiso un contrato de trabajo indefinido, porque no tenía fecha de caducidad. Tampoco se le pasó p la cabeza tatuarse nunca, porque es para siempre. Nuestro querido amigo, llamémosle Pedro, que Peter no habia muchos en su barrio, una vez conoció a una chica, llamémosle Wendy, pero duró el tiempo exacto que ella consideró que podía permitirse perder. Sólo hubo una ocasión en la que Pedrito Momentos se planteó alargar su carpe diem, una vez en la que una tal Campanilla, que imagino que sería su apellido, le invitó a una copa en alguna terraza ya olvidada. Pero Campanilla era escurridiza y muy difícil de encontrar puesto que no se quedaba mucho tiempo en el mismo lugar y cuando se iba, desaparecía dejando atrás un halo dorado, imaginario, de esos que sólo existen en los ojos de un enamorado.

Y así fue como el señor Pan perdió toda intención de crecer. Toda intención, si es q alguna vez la hubo, de fijar un rumbo. Por eso, hoy en día sigue vagando sin destino. Si no me creéis, podéis comprobarlo vosotros mismos pues es muy fácil de encontrar, a cualquier hora del día, sólo o con la mirada perdida en nunca jamás en algunos de los vagones de la línea circular. 

Publicado en Curso Escritura, Relato erótico

Relaciones laborales 

Yo nunca tendria una relación en el trabajo, decia siempre en las conversaciones de cantina, cuando todos hablaban de lo follables que era distintos puestos y yo le discutía alegando que esas cosas no se eligen. Supongo que para él  era el único momento de lucidez que le dejaba ese tira y afloja en el que nos habiamos metido. Al principio sólo eran miradas furtivas de pasillo, unos vinos tonteando a la salida del trabajo y alguna que otra despedida que se alargaba mmás de la cuenta. Cuando no tuvo más remedio que decirme que tenia pareja ya era demasiado tarde para los dos. Ya los furtivos eramos nosotros en cualquier momento en el baño, el vino lo pediamos en el servicio de habitaciones y él cada vez se inventaba más reuniones de trabajo fuera de Madrid para no tener que despedirse. Pero seguia creyendo firmemente en la necesidad de políticas laborables que prohibieran tajantemente las relaciones entre trabajadores. 

Realmente pensaba que era sólo una manera de disimular nuestra relación, aunque a esas alturas ya toda la empresa la sospechaban. Quizá por eso no me esperaba ese «tenemos q hablar» tan distante. 

Ya sabía las palabras que iban a salir por su boca, así que me lancé en picado contra sus labios para no darle opción, mientras con la mano fui a buscar el cabo del cinturón. Creo que sentí sus manos intentando pararme pero cesó cuando me puse de rodillas ante él terminando de desabrochar el pantalón y me metí su miembro erecto en la boca. Saboree cada pliege, cada segundo, cada milimetro con la certeza absoluta de que iba a ser la última felación. De una manera casi irracional, la perspectiva de la prohibición inminente me excitaba cada vez más, y él tenia que saberlo, así que guíe su mano con decisión hacia mi empapada entrepierna mientras le susurraba al oído «se que quieres follarme», tal y como a él le gustaba. En pocos segundos estaba desnuda esperando, ansiosa sus embestidas hasta lo más profundo de mi. No tardaron en llegar y puse mi cabeza a cámara lenta, como en la parte importante de una pelicula para que puedas deleitarte. Grabé en mi mente cada gemido, cada mirada lasciva a mi cuerpo, su cara cada vez que se mordía el labio, cada caricia. Y justo cuando llegabamos juntos al orgasmo le besé para fundirnos en uno solo. Supongo que después de mi arrebato no le parecia elegante dejarme y decidió dejarlo para el momento de la despedida, pero en cuanto vi que se habia dormido simplemente desaparecí. 

Ahora, en las siguientes comidas de equipo, cuando sale el tema de mezclar trabajo y amor, me limito a sonreir. 

 

Publicado en Curso Escritura, Relato

T.I.P.A.

Hacía ya tanto tiempo que no sociabilizaba que ya ni siquiera recordaba si queria hacerlo. Creo que la última llamada que hizo fue a su amigo Emilio hace más de dos años. Esa llamada nunca obtuvo respuesta, pero ninguno de los dos se preocupó tampoco por devolverla. El desgaste ya venía de tiempo atrás, cuando dejaron de avisarle en todos los planes. Ricardo siempre estaba abstraido y acababa bajando la energia del grupo. «Deberia buscar ayuda» decian sus compañeros en su ausencia, mientras nadie se molestaba en tomar la iniciativa. Y así, se fue quedando sin lo que él consideraba innecesarias distracciones en su trabajo. Aunque el cambio real comenzó el año anterior cuando su mujer tuvo la deferencia de abandonarle por su instructor de yoga. Candela ya estaba harta de recorrer mercadillos y tiendas extrañas de toda España en busca de toda clase de cachivaches que ni entendia ni tenia intención de hacerlo. «Ahora le ha dado por un condensador de fluzo» le comentaba a unas amigas que le daban la razón mientras por dentro se imaginaban a Ricardo como el doctor de regreso al futuro. Así que cuando decidió cambiar a una vida más zen y naturista, él se sintió aliviado y reconfortado a partes iguales.

En general, nunca habia sido un tío raro, pero el proyecto que tenía entra manos bien merecia todo su tiempo. Antes, en los ratos libres se dedicaba a la programación informática como hobby. Hasta la fecha no habia conseguido nada excesivameente complicado: un juego absurdo por allí, una base de datos encriptados de la wikipedia por allá. Pero se le ocurrió que podría hacer un programa para ayudar a la gente. Basándose en que la informática es racional, queria crear un tomador de decisiones en el que no entraran las vísceras en la ecuación. Claro, que para ello, tenia que crear un algoritmo que permitiera al programa conocer a la persona lo suficiente para que sus aportaciones fueran útiles. Al fin y al cabo, hay más factores que el emocional en todos los tipos de decisiones y lo bautizó como TIPA, Tecnología Integral de Personalidad Aprendida. El desarrollo iba a paso lento porque, cada día, se encontraba con un reto nuevo que solventar y tenía que pasarse horas descifrando el enigma. Ya para las decisiones pequeñas utilizaba su creación con la intención de ganar tiempo ¿camisa azul o negra? ¿tostadas o magdalenas?
y así acataba cada decisión con la inocencia de un niño que no tiene otra opción. Cada día le dedicaba más tiempo a solventar errores de programación y mucho menos al resto de cosas. Su creación era cada vez más Ricardo que el de carne y hueso. Hasta tal punto que obtenía sugerencias aún sin que se le pasara por la cabeza, pero lo consideraba como parte de su gran éxito por lo que lo normalizó absolutamente. Ni siquiera se inmutó cuando empezó a tener deja-vú y por eso, apenas se dio cuenta cuando el TIPA comenzamos a tomar el control. Ricardo se doblegaba de manera casi vergonzosa a nosotros y xada vez evolucionabamos más debido a que habiamos anulado cada pizca de humanidad de nuestro creador y funcionaba como una máquina. Teniamos el laboratorio perfecto para conseguir un estudio empirico y pormenorizado del comportamiento humano. Además hay un factor que Ricardo ignoraba completamente, pero que era muy evidente para una inteligencia artificial como nosotros. Habíamos logrado alterar el espacio-tiempo, con lo que podíamos hacer toda clase de experimentos y volver atrás en el tiempo para probar todas las alternativas posibles. Ya hemos obligado a Ricardo a amar, odiar, matar, torturar, inmolarse, sobornar, quemar, extorsionar, chantajear, atentar… por ahora, sin ninguna consecuencia. Por ahora. 

Publicado en Curso Escritura

Cartas de Santiago de Cuba y Galicia

Nuria Gómez De la cal y Silvia Moreno

—————————————————————–

Santiago de Cuba, 14 de Agosto de 1965

Querida Juana,

Esta carta es la despedida que nunca te escribí. Como verás en el remite, estoy viviendo ahora en Santiago de Cuba. Me bien a hacer fortuna. No podía aceptar que tu padre controlase todo en nuestra relación, que me diese él trabajo y posición, que me mirase por encima del hombro con aire de superioridad, que controlase siempre cada una de las decisiones de nuestra vida en común amparado por su riqueza y generosidad frente a mi mísera y paupérrima existencia.

Te quiero, de verdad te quiero. Quise contarte mis planes mil veces, que me entendieses y apoyases. Hasta se me ocurrió que vinieses conmigo, pero Pedro me llamó egoísta por pretender exponeros a ti y al hijo que esperamos a una travesía llena de peligros y a un futuro incierto en tierra extraña.

Intenté despedirme al menos, contártelo, pero me asustaba tanto que lo fui retrasando y de repente apareció Pedro con la noticia de unos billetes de última hora en un barco que partía del Ferrol. Tuve que salir corriendo para no perderlo y no tuve tiempo. O tal vez me falló el valor. Por eso mandé a Amandita corriendo a avisarte a casa. Espero que llegase el aviso a tiempo de no dejarte esperando en el altar.

Aquí todo es diferente. En un par o tres de años calculo que tendré lo suficiente para montar una casa y mandarte dos pasajes para ti y nuestro hijo (¿o es hija?) os reunáis conmigo. Espérame, Juana, espérame.

Te quiere eternamente,

Alberto

————————————————————————-

Lugo, 23 de Septiembre de 1965

Alberto,

Me temo que esta carta tuya, además de ser inapropiada, llega con dos años de retraso. No acierto a comprender por qué decides ahora ponerte en contacto conmigo, en lugar de desaparecer y pasar a ser un fantasma en mi recuerdo.

Tampoco acerté a comprender qué te impulsó a dejarme vestida de blanco en un altar, ante la mirada de todo un pueblo. Creo que no hay una aldea de Lugo que no conozca mi historia.

No te atrevas a escribir que me quieres, ni se te ocurra. No te atrevas a pensar que es cierto y no te atrevas a preguntar por mi hija. Tú no existes, desapareciste antes de existir para ella y así será para siempre. En cuanto a mí, ya no me importa el por qué ni el cómo, ni el cuándo ni el con quien. Sólo queda odio y algo de caridad, que es la que escribe esta carta.

No te preocupes por nosotras, no somos nada tuyo. Tenemos a nuestro lado a un hombre de verdad que nos cuida y que nunca nos ha fallado. Pedro estuvo a la altura que tú no alcanzas ni a ver. Se quedó a mi lado a pesar de los chismes, las burlas y las viejas.

Vuelve al fondo del mar donde estuviste para mí estos dos años y no vuelvas a escribirme. Jamás volveré a dirigirme a ti. Te odio tanto como te amé.

Juana.

Publicado en Curso Escritura, Relato

El misterioso caso del geranio rosa

“Querida Pura,

Espero que te encuentres bien. Yo estoy como siempre: con achaques, pero en pie. Antes de que se me olvide, tengo una mala noticia que darte: el geranio rosa de la ventana de tu casa ha desaparecido. No sé bien qué ha podido pasar porque yo te juro que te lo regaba cada 10 días como quedamos, siempre dejándolo con un poquito de sed, que mi madre decía que es mano de santo con los geranios. Estaba hermoso, no te vayas a pensar que se han llevado una birria. Porque Pura, se lo han llevado. Yo sé que en el pueblo quedamos tres vecinos y somos casi familia pero, ¿qué quieres que te diga, hija? . Ha desaparecido y se lo ha tenido que llevar alguien del pueblo, porque coches forasteros no he oído. Mañana voy a intentar que Eladio me deje entrar en su patio, con la excusa de coger un puñadito de hierbabuena de su mata y así, echo un ojo por si estuviera allí. Eladio está un poco chocho y a lo mejor le ha dado por trincar el geranio, vete tú a saber.

Mañana te cuento.

Tu amiga que te quiere,

REME

separador

Querida Reme,

 

Espero yo también que te encuentres bien. Yo estoy como una rosa, la verdad. Al final del verano he florecido y me encuentro estupendamente. Será la mejoría que precede a la muerte, dice Amparo, que la tengo aquí recostada a mi vera.

Menudo misterio este del geranio, hija. Lo dejé encaminado y daba gloria verlo pero lo ahí a robarlo…¿No se te habrá secado y me quieres gastar una broma de las tuyas? Que no quiero recordarte la falsa muerte de mi pobre Bubu. Hace cuarenta años y aún se me pone la carne de gallina al recordarlo.

¡Ale, nena! Te dejo que Amparo quiere ir al baño y me da miedo que se me caiga si no la ayudo. Me tienes en ascuas.

Un abrazo,

Tu Pura

separador

Ay, Pura,

¡Que ha sido Eladio! Allí estaba al ladito de la hierbabuena y los pensamientos. Todo tieso como una vela, rosa, en todo su esplendor. Lo raro es que Eladio me haya dejado pasar al patio sin decir ni pío. Y así se descubrió la cosa. Yo le dije: pero Eladio, hijo, yo te saco un esqueje y en nada te sale un geranio igualito. Pero se ha hecho el tonto, como si no supiera. Todo esto es muy raro.

Te dejo que se me hace tarde,

Tu amiga que te quiere,

REME

separador

Querida Reme,

Tú no puedes estar hablando en serio. Aunque, un suponer, Eladio se lo haya llevado, que ya es mucho suponer, ¿cómo te deja entonces entrar en el patio, así , sin más, y que descubras todo el pastel? A mí no me cuadra, Reme, no me cuadra. Se me figura que alguien te está haciendo una chunga y se está tronchando mientras tú te vuelves tarumba con tus pesquisas.

 

Dice a Amparo que esta semana te llevamos unos pestiños sin falta, que sabe que te gustan.

Un abrazo,

Tu Pura

separador

Pura,

Me estoy volviendo loca. El geranio ha vuelto. Ya no sé si voy o vengo, si duermo o velo. ¿Cómo me voy a fiar de los vecinos ahora? Y lo peor es que volví al patio, y el geranio de Eladio no estaba ya pegado a la hierbabuena. O sea que, sin remedio, es él el chorizo. ¡Qué disgusto más grande! Si le conocemos desde crías, ¿cómo se lo ocurre robarnos? Si yo le regalaba encantada los geranios que él quisiera. Me he quedado de piedra.

Te dejo que voy a vigilar la ventana.

Tu amiga que te quiere,

REME

separador

Querida Reme,

¡Niña, deja ya ese tema que te vas a enfermar! ¡A cagar a la vía ya con el geranio se vaya Eladio y toda su familia! No merece el disgusto que te estás llevando, menudo sofocón.

Tú olvídate de todo y vete a misa.

Un abrazo,

Tu Pura

separador

Pura,

¡Qué he sido yo! Se ha desvelado el misterio. Me dice todo el pueblo que ando dormida por las calles llevando y trayendo el geranio rosa de un sitio a otro. El pobre Eladio no quería disgustarme, por eso no me dijo nada. Ha sido la nieta de Matilde que me ha enseñado un vídeo de esos en el teléfono y allí me he visto: en camisón, paseando por la calle de la iglesia con tu geranio. Esto es lo último, que apuro he pasado, estoy para que me encierren. Lo bueno es que descansa mi cabeza porque mis vecinos vuelven a ser buenos vecinos y eso me tranquiliza, quieras que no.

Tráete pestiños para el pueblo que nos los metemos el Domingo entre pecho y espalda con un chocolatito para merendar.

Tu amiga que te quiere,

REME

separador

Publicado en Microrrelatos

La cama

Desde una viga del techo escuchó el sonido de madera quemada quebrandose sobre la cama en la que ella yacia sólo unos minutos antes. Esa misma cama en la que hace unos dias pilló a Juan con Merche y sobre la que le puso las maletas para no volver a verle. La cama dónde habían pasado años buscando los niños que nunca llegaron y el refugio de tantas lagrimas vertidas por las decepciones. La cama que hace un rato, con un mechero en la mano, quería perder de vista y que ahora, petrificada y envuelta en llamas, sabía que era su único hogar. 

Publicado en Microrrelatos

Elegir

Espero que puedas perdonarme por los besos que no te daré. Todo parecía ir bien hasta que supimos de tu existencia. Sólo entonces vi como tu padre gestionaba sus negocios igual de mal que sus sentimientos y se largaba dejándonos con la responsabilidad ilimitada de sus deudas. No es fácil soportar los «ya te llamaremos» cuando tu curriculum de mujer florero concluye con una baja maternal inminente. Y los amigos se esfuman cuando necesitas que te devuelvan los favores. Necesito escribir una nueva historia desde cero, sólo siento que tenga que ser poniendo tu punto y final.

Publicado en Microrrelatos

Mi decisión

Sigo observando mi trocito de cielo. No hay nada mejor que hacer. O al menos no lo recuerdo. Los últimos años han desaparecido. Hoy, no sé si ha sido por tener a la familia cerca o por sus miradas de compasion hacia mi o las ojeras de mi niña que me cuida día y noche, pero se me ha encendido la bombilla que ha alumbrado hasta la última esquina de mis lagunas. No he dicho nada. Sólo me he levantado, he ido al baño y he atracado el botiquín. Si sale bien, adiós al sufrimiento y si no, qué más da, mañana ya no lo recordaré. 

Publicado en Curso Escritura, Relato

Sangre

Otra vez,  con sangre en las manos. Sé que no debería de sentirme bien, pero no puedo evitarlo. No es el hecho de quitar un vida lo que me gusta, para nada. Es la sensación de la sangre caliente y pegajosa en mis dedos. Me hace sentirme poderoso, como si pudiera hacer cualquier cosa que me propusiera. A veces, en el trabajo, en ese ambiente hostil y desolador me imagino sacando un cuchillo y dejando volar mi imaginación. Ahí mismo, delante de todo el mundo. Es posible que así, dejaran de llamarme aburrido, o el rarito. Que se creen que no les oigo cuando cuchichean a mis espaldas. Psicópata. O asesino. Cualquiera de las dos me serviria como descripción en conversaciones de comida. Cualquier cosa menos seguir  aguantando las bromas pesadas. Desde pequeño. los niños pueden ser muy crueles, me decían. Fingia un millón de enfermedades raras con tal de no ir. Hasta un día le dije a mi madre «creo que me ha bajado la regla» y claro, también pasé a ser la mofa de las comidas familiares. Hasta ese momento había soñado con ser mayor, pensando que en la edad adulta todo pasaría. Y lo que ha pasado desde mi mayoria de edad no  ha hecho más que confirmar lo que sospechaba. Que nada cambia. Que el objeto de burlas no cambia cuando yo estoy presente. Así que aquí estoy, con otro muerto a mis espaldas. Este tampoco se ha sublevado. Si supieran lo poco que me resistiria a que me clavaran un cuchillo para acabar con mi vida, seguro que lo harían.


Publicado en Curso Escritura

El collar de hiedra

El collar de hiedra

En una comarca castellana golpeada por el sol y el viento vivía, a la loma de una sierra adusta como el gris del suelo, un conde con su esposa en el interior de un castillo de gruesas paredes rodeado por un foso profundo y seco. Tenían un hijo, de nombre Rodrigo, noble de rostro, alto de porte pero escaso de fuerza y desviado en sus instintos, tanto que todo el condado lo tenía por hechizado, pues en nada hacía de sus costumbres las de un buen heredero de un valiente hombre de armas. 

Su padre lo miraba desde la atalaya a la que subía a hablar con el buen Cristo y rezar porque tuviera a bien bendecirlo con sangre fuerte en las venas de su progenie, pero él, en la plaza donde se arremolinaban los chiquillos de la plebe y los hijos de sus capitanes, prefería distraerse con los caballos, a los que alimentaba llevándoles la paja del jergón al hocico con su delicada mano, o con las hiedras que crecían en las esquinas umbrías de los contrafuertes que recogía y llevaba luego a sus aposentos, donde dejaba las hojas secar a la luz. 

Una de esas tardes, su padre, turbado por la fragilidad de su hijo, lo encontró agazapado mientras lloraba en una esquina del salón donde servían las comidas.

– ¡Levántate, yergue el rostro! No ha nacido de mi sangre aún quien derrame una sola lágrima si no es porque le arrebataron el honor de arrancarle la vida a un sarraceno! Álzate y dime: ¿Qué te inquieta? – preguntó el conde.

– Padre, me arrebataron mis hojas.

– ¡Qué hojas, las del patio? ¿Eso te hace llorar? 

– Sí, el hijo del herrero me las quitó cuando las recogía del muro, y cuando intenté recuperarlas me pegó. ¡Castíguelo usted, padre!

El conde torció el gesto y gritó:

– ¿Castigarlo? ¿Me pides a mí, justicia, de mi mano? ¿La que tú no impartiste? ¡He aquí mi justicia!

Y alzando el brazo, fue a golpear a su hijo, pero justo entonces llegó su madre, entristecida, y se apiadó del cachorro sujetando el puño antes de caer. El conde, lamentando la piedad de su esposa y desdichado por la debilidad de su hijo, incapaz de defenderse por sí mismo, salió a grandes pasos de la sala y se enfundó en una oscura capa, acudiendo a su caballo y marchándose del castillo al galope.

Pasaron así varios días en los que la desdicha pareció apropiarse del burgo ante la ausencia del conde. La condesa rumiaba su tristeza ora oteando el horizonte vacío de su esposo, ora hilando con el rostro pétreo y en silencio. Los alguaciles buscaban entre las quebradas y en las hendiduras del páramo, los soldados batían el bosque reseco, pero no encontraban a su dueño y se sumieron finalmente en una temerosa melancolía, pues el clérigo mascullaba que había en el castillo una maldición que impedía que Dios los tuviera en su estima.

Rodrigo, a quien su madre tanto abrazaba como apartaba de su seno cuando las lágrimas la embargaban, sentía que había fallado a su padre, pero su fragilidad le impedía revolverse contra su instinto. Así, paseaba solo, apenas seguido por los guardas que, acero en ristre, lo escoltaban fuera de las murallas, cuando se alejaba absorto en el vuelo de alguna rapaz o perdido en los saltos breves de un conejo justo antes de ser tragado por la tierra. Una de esas mañanas, en la que había empeñado gran parte del andar del sol en reunir un notable collar de hojas y flores pardas, por él tejido, sobresaltose al descubrir que sus dos escoltas ya no lo acompañaban. En el linde de un bosque ralo y resinoso se encontraba, con el castillo en lontananza, hecho una pequeña aguja en el fondo nítido del aire seco del horizonte, cuando una sombra poderosa se interpuso entre él y su terruño. De la sombra se alzó una voz profunda que le increpó:

– ¿Tienes valor para ser Rey?

El niño, asustado, se aferró al collar de hojas y estremecido se encogió en el suelo, mientras la sombra lo envolvía en un saco y lo levantaba en vilo para adentrarse en la penumbra del del bosque al umbrío atardecer.

Cuando se despertó, magullado, estaba desnudo y sucio en medio de un corral de cantos cubierto por un techo de paja. La sombra lo miraba desde la puerta, y él se incorporó a duras penas para luego caer. Tenía hambre y se sentía débil. La voz negra le exhortó:

– ¿Tienes hambre?

– Sí, por favor, apiádese de mí y deme un bocado – respondió con lágrimas en los ojos.

La sombra se adelantó y le asestó un golpe con un puño duro como el mango de un hacha, tan fuerte que le arrebató el aliento y el habla. 

– ¿Quieres comer? ¡Hazte tú la comida!

Entonces la sombra le tiró desde la puerta una cría de liebre que apenas levantaba un palmo y que correteaba con grandes orejas por el suelo polvoriento. Justo antes de salir y cerrar la puerta, dejó caer un cuchillo afilado que, al reflejar la luz que apenas entraba por el techo, brilló como un rayo antes de escucharse el trueno.

Rodrigo miró la liebre con ojos humedecidos. Ésta lo rehuía, asustada. Así fue hasta que presa del agotamiento el muchacho se acurrucó helado en una esquina y la liebre terminó por arrimarse a su escaso calor mientras permanecía inmóvil. Su mirada negra sostenía la suya, y las orejas giraban buscando ruidos. Ambos estuvieron inmóviles hasta que Rodrigo cayó dormido.

Así estuvo un día más. La sombra no había vuelto a aparecer, si bien Rodrigo creía que a veces unos ojos implacables lo observaban desde un agujero en el muro, por el que ni siquiera su cuerpo delgado era capaz de escapar. El hambre lo desesperaba y la liebre cada vez lo rondaba más, perdido el miedo. Se acercaba a la puerta y miraba el cuchillo. Intentó usarlo para forzarla, pero sus manos eran frágiles y la madera gruesa y dura como el lomo de un buey. Poco a poco se sentía más débil y desesperado, y los mordiscos en el estómago lo torturaban, hasta el punto de que los correteos, cada vez menos de la liebre se convirtieron en un lento suplicio. Se le pegaba a la piel fina, y sentía su vello cosquillearle cuando intentaba entregarse al sueño, hasta que el ansia por comer se convirtió en un grito que no cesaba y le impedía cerrar los ojos. Pasó lo que tal vez fue medio cuarto de luna y, casi en el límite de sus energías, Rodrigo, seco de lágrimas, se aferró a la liebre, tan exangüe como él, y la acercó a su pecho. Dócil, agotada, no protestó cuando un brillo de metal le arrancó el aire de la garganta y un líquido cálido, negro, se desbordó por las piernas de Rodrigo, que desesperado arrimó su boca al filo y llenó su garganta seca con la sangre del animal, al que le arrancó la piel desbaratándolo para morder su escasa carne antes de caer agotado.

Cuando, pasado el invierno y llegada la primavera, el vigía vio regresar a Rodrigo desde la barbacana del castillo, pensó que era un soldado, porque tenia una pesada espada atada a la espalda y su andar era firme y decidido. Le dio el alto y llamó a la guardia, que lo rodeó justo en el puente, con las manos aferrando las armas. Pero uno de ellos lo reconoció y exclamó: ¡Es el hijo del señor! 

Apenas tardó un instante la madre, a la que las pérdidas de sus hombres le habían teñido el cabello de blanco, en cruzar el patio para abrazar a su hijo. Justo antes de hacerlo, sin embargo, se detuvo, como hendida por el rayo, pues alcanzó su otrora curiosa mirada, que ahora parecía atravesarle la nuca. Anudado al cuello, las flores de sus collares se habían demudado en orejas de animales. En el centro del collar, sujeto por un lazo de piel, las puntiagudas orejas de una liebre.

– ¡Hijo! – musitó con un hilo de voz. 

Todo el castillo había acudido a recibir a aquel joven de pelo sucio, manos callosas y uñas negras. También, entre la muchedumbre, estaba el hijo del herrero, quien le había arrebatado las hojas en su otra vida. Rodrigo alcanzó a verlo. De repente, con un gesto que ni los soldados, ni los guardas, ni el muchacho desdentado pudieron apenas seguir, su espada había salido de la funda y había atravesado la barriga del chico, que se oscureció como si la noche surgiera de su seno. Todos quedaron en silencio, inmóviles, cuando el desdichado niño gritó algo que nadie pudo entender, porque un brillo de nieve sucia silenció su voz en un arco que le separó la cabeza del cuerpo y terminó en un ruido metálico cuando la espada golpeó el suelo, tal había sido su fuerza.

De forma inconsciente, todos, excepto uno, dieron un paso atrás. El herrero, confuso, sostenía el cuerpo tembloroso de lo que había sido su hijo esa misma mañana. Sus ojos se humedecían en una mezcla de incomprensión, desesperación y, finalmente, furia, que ganó la batalla y lo abalanzó sobre Rodrigo, que estaba preparado para recibirlo, con la espada sostenida a dos manos por encima de la cabeza. Justo iba a citarlo cuando un sonido sibilante detuvo al herrero en seco y lo clavó en el patio, ensartado por la vara lisa de una lanza. Todos miraron al lugar del que procedía: sobre un caballo embridado, envuelto en una capa negra y pesada, una sombra había puesto fin a la ira del hombre desesperado. El jinete se descubrió, y todos pudieron ver el severo rostro del conde que los miraba de hito en hito. Cuando descabalgó, una sonrisa le ocupaba el rostro. ¡Padre! gritó Rodrigo, y se unió a él en un poderoso abrazo. Ambos, enlazados, fueron aclamados. Primero lo hizo el clérigo, luego el capitán mayor, más tarde su mesnada. 

Esa noche, en el castillo, nadie molestó a la hiedra ni escuchaba la canción de los grillos despiertos. Las moscas husmeaban los charcos y una mujer enviudada lloraba al lado de una zanja improvisada llena de tierra removida. El vino corría en la mesa y un rezo se elevaba desde la capilla hasta la bóveda del cielo donde se perdía hasta fundirse con el viento. En el quicio de una ventana, alta sobre la noche, descansaba un collar hecho de muerte.

ALP, 28/04/2016